William Russell, los “cuerpos” del cáncer y la tesis de los parásitos
En 1890 el patólogo escocés William Russell presentó ante la Pathological Society de Londres lo que él llamó “un organismo característico del cáncer”. En secciones de tumores teñidas con fucsina observaba estructuras redondas, teñidas intensamente, dentro y fuera de las células. Las interpretó como parásitos (posiblemente blastomicetos o protozoos) y publicó varios trabajos al respecto, entre ellos uno en el British Medical Journal y más tarde en The Lancet. Durante un tiempo la idea circularon en círculos médicos de finales del siglo XIX: que el cáncer tuviera un origen microbiano o parasitario.
Hoy esas estructuras se conocen como cuerpos de Russell. Son inclusiones de inmunoglobulinas acumuladas en el retículo endoplásmico de células plasmáticas (cuando hay muchas se habla de células de Mott). No son organismos vivos. Aparecen en procesos inflamatorios crónicos, en mielomas y, a veces, en los márgenes de tumores porque allí hay respuesta inmunitaria intensa. La interpretación original de Russell fue un error de su época, comprensible dado el nivel de la microscopía y la microbiología de entonces, pero corregido hace décadas.
Lo que sí es cierto sobre parásitos y cáncer
Algunos parásitos concretos aumentan el riesgo de cánceres específicos y están clasificados como carcinógenos del Grupo 1 por la IARC (OMS):
- Schistosoma haematobium (cáncer de vejiga)
- Opisthorchis viverrini y Clonorchis sinensis (colangiocarcinoma y cáncer de hígado)
La inflamación crónica, el daño tisular y, en algunos casos, productos parasitarios contribuyen a la transformación maligna. Pero eso no significa que “el cáncer sea parásitos”. La inmensa mayoría de los cánceres humanos se originan por mutaciones acumuladas (genéticas, ambientales, de estilo de vida), virus (VPH, VHB, VEB, etc.), exposición a carcinógenos químicos o radiación, y factores metabólicos. La presencia de un factor de riesgo no garantiza la enfermedad, y la ausencia de parásitos no protege.
La relectura moderna
Cirujanos ortopédicos y voces del ámbito de la medicina alternativa, como la Dra. Lee Merritt, han recuperado el trabajo de Russell para argumentar que los tumores son “grumos de parásitos” y que antiparasitarios como ivermectina o hidroxicloroquina pueden tratar el cáncer porque “el cáncer es parásitos”. Es una simplificación que no se sostiene con la evidencia actual. Existen estudios preclínicos (células y animales) que muestran efectos de algunos antiparasitarios sobre líneas tumorales, pero no hay ensayos clínicos que demuestren que curen cáncer en humanos. Las revisiones independientes de estas afirmaciones las califican como incorrectas o no respaldadas.
La historia de Russell es interesante como ejemplo de cómo una observación real (estructuras teñidas en tejido canceroso) puede interpretarse mal y cómo esa interpretación errónea a veces se reutiliza más de un siglo después. El avance de la patología, la inmunología y la oncología molecular aclaró qué eran esos cuerpos: producto de células del sistema inmune, no el agente causal.
El vínculo real entre ciertas infecciones parasitarias y cánceres concretos sigue siendo un campo de investigación válido —sobre todo en regiones endémicas— y justifica programas de control de esas infecciones. Convertir esa relación parcial en la explicación universal del cáncer, y de ahí en un tratamiento generalizado con antiparasitarios, es otro paso, mucho más grande, que la evidencia no ha dado.

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